POBRE DE MI, SOY RICO Y NO LO SE

Como todos, tengo etapas difíciles. Cuando creo que todo escapa de control y se desvanece mi fe, Dios, amorosamente, con su sabiduría, me brinda la oportunidad para seguir adelante. En días pasados, durante una crisis, presencié varias situaciones que me hicieron reflexionar profundamente.
Similar a cualquiera de mis días laborales, aún estaba oscuro y húmedo producto de la pertinaz llovizna de la noche que agonizaba. Mientras bajaba hacia la ciudad de los “ex−techos” rojos por la carretera de los cuentos eternos, presencié el resultado de un dramático choque entre dos carros, los cuales impactaron de frente. Es usual que uno concluya en lo efímero de la vida y de lo instantáneo del cambio de alma viviente a cadáver. Se siente una extraña y poderosa fuerza que es expelida del esfínter trasero y que te suelda descomunalmente a la butaca. Uno ora por esos infortunados seres.
Producto del suceso anterior, debimos afrontar una terrible cola que me mantuvo adormitado en mi asiento de pasajero. Pero debí despertar pronto dado alboroto formado cuando nuestro conductor cometió un gazapo en sus labores de conducción, todo lo cual ameritó la intervención de las autoridades policiales. Le dieron un escarmiento de diez minutos. Me quedé absorto y sorprendido ante la inmutabilidad y paciencia de esta persona. Es difícil soportar tanta afrenta e insulto juntos. Me recriminé del porqué, a mis 54 años, no puedo tener semejante apacibilidad.
En otro evento posterior, durante el mismo trayecto, contemplé estupefacto e igualmente asombrado, cómo en un choque simple con daños a la propiedad de terceros, una agitada discusión ocurría mientras el agraviado permanecía impasible ante los embates del culpable agresor. Recordé la célebre enseñanza cristiana de colocar la segunda mejilla. Medité sobre mi escasa capacidad de tolerancia y alta disposición al arrebato y la confrontación.
Lo que parecía un día turbado y gris, giró a tonos alentadores ante la salida de un espectacular y radiante sol. Comenzó la promesa de un día cargado de enseñanzas y mensajes cifrados.
Ingresé a la estación del subterráneo que me llevaría al siguiente destino. El Metro de Caracas, una vez paradigma del buen desempeño y comportamiento colectivo, se presentaba con su actual tez: la anarquía total de usuarios y una excelsa exaltación de la inacción oficial. Me apuntalé en la necesidad de combatir cualquier vestigio de conducta o sentimiento que confrontara un socavado estado de salud, por lo cual hice gasto de mis mejores reservas de energías y extraje una figurativa sonrisa copiada de un lechuguino. Esta simulación me obligaría a actuar en consecuencia. Un retraso en el servicio, mantenía y alimentaba, a una cola de personas en proporciones desmesuradas. La gente se apretujaba y agolpaba desesperadamente en vanos intentos por abordar cada vagón que pasaba. La multitud impaciente reflejaba un rostro común de angustia y frustración.
Una señora detrás de mí empujaba sin cesar. Inicialmente, la miraba de soslayo, y en otras, impertinentemente, como reclamos fulgurantes, con “oteos” por encima de mis hombros pero sin lograr que la doña se percatara de la molestia que me causaba. Tanto dio la mencionada que, súbitamente, logró adelantarse y colocarse delante con el mayor desparpajo. No obstante, esta dama corría peligro dada su colocación irresponsable muy cercana a la vía y paso de los trenes. Más pudo mi responsabilidad social y ciudadana, así como los rasgos cristianos aprendidos que mi orgullo lastimado, por lo que interpelé a la señora haciéndole resaltar que cualquier acción nuestra no lograría hacernos llegar más rápido. Algo de simpatía brotó e hizo que la persona me explicara que se dirigía a una consulta médica para evaluar su condición post-operatoria luego de una intervención que implicó le extirparan parte de la masa encefálica. Refirió que era muy probable no le alcanzara tiempo para ir donde su hermano, recluido en un hospital público para llevarle algunas cosas que compraría luego de pasar por Miraflores a retirar una ayuda gubernamental para su delicado caso, dada la condición de jubilada e incapacitada. Todos sabemos la condición crítica de la asistencia pública hacia la salud, así como lo indigno del trato burocrático para el otorgamiento de dádivas. Caí en cuenta y me consustancié con el válido estrés de mi nueva amiga. Ambos, entendimos de lo terapéutico que resultaba esa espontánea conversación, por lo cual profundizamos en detalles sobre su vida. Relató que venía a la capital desde Clarines, Estado Anzoátegui, para atender esas diligencias personales y que ello le resultaba abrasivo a su actuar resignado. Una simbiosis emotiva me obligó a facilitar su ingreso a los vagones cuando fue oportuno. Aprendí que otros tienen mayores dificultades y, sin embargo, son guerreros imbatibles en esa lucha cotidiana por la subsistencia. Me sentí miserable y perdedor. ¿Cómo es posible que no haya aprendido aun a tener temple para soportar; siendo que mis cargas son suaves y llevaderas?
Presté atención a mi entorno mientras desarrollaba una mayor y espontánea sonrisa. Esas reflexiones y vivencias que me estaban ocurriendo inflaban mi ego. ¡Cuan afortunado! Pero duró poco ese sentimiento. Percibí otras muchas personas que se habían anticipado a ese mismo aprendizaje y viajaban alegres a pesar de estar en medio de un sopor, incómodo y maltrecho viaje. Llegaba tarde a ese diplomado. Gente sencilla, humilde y colaboradora presta a restar importancia y sensibilidad al malestar propio para dar paso a una contribución hacia el bienestar del prójimo.
Había simpatía en muchos. A pesar de las incomodidades, sabias personas seguían mostrando cortesía, buena educación y rasgos sinceros de filantropía con acciones simples y sencillas manifiestas con delicadas sonrisas o miradas cómplices.
Para coronación de lo que iba viviendo, se apareció otra señora de mediana edad tomado de un adolescente con problemas de disfunción mental pero sin rasgos de padecer Síndrome de Down. Daba la impresión que el estado físico del muchacho pudo haber sido mermado por un accidente cerebro-vascular. Inspiraba pesar, y al mismo tiempo, orgullo ajeno al ver la puja, lucha y valentía de la acompañante; quien parecía, a la postre, ser la madre. Tanto esfuerzo para aquella débil humanidad en tener que domar a aquel fornido joven quien la rebasaba en tamaño y fuerza. Oh, y me preguntaba, entonces: ¿Dónde están mis fuerzas? ¿Qué pasó con los niveles de sacrificio y entrega hacia mis seres amados? Somos vulnerables a esos sorpresivos cambios o incidentes biológicos que pueden transformar nuestro modo de vivir y ser.
Fueron muchas cosas vividas en tres horas de recorrido. Las sigo pensando. Mientras escribo estas líneas me recrimino aún más y aprendo. Lo dice la misma Biblia, Dios tiene formas extrañas para nuestra comprensión de cómo enseñarnos sus propósitos y entregarnos sus mensajes. Ojalá, pueda seguir sacando provecho y tenga la revelación para advertir y comprender este tipo de cosas, que extrañamente, he venido pasando por alto. Ciertas enseñanzas concurren desde la sutileza de la acción común de la cotidianidad y no necesariamente en nuestras enciclopedias o erudición. ¡Que tonto soy al no valorar y reconocer la abundancia de regalos que acompañan mi existir!
Alex Yomar Istúriz León
Septiembre 2010


